Diversos

Las luces más brillantes en la noche más oscura

POR AGUSTíN MORENO

Turquía y Brasil, primavera de 2013. Parque Gezi en Estambul, transporte de Sâo Paulo y otras ciudades. Contra la privatización de un espacio público o la subida del transporte. Masas de indignados se empoderan en las calles: cientos de miles en Turquía, más de un millón en Brasil, contra la injusticia y las desigualdades. Participan especialmente los jóvenes y esta puede ser una de las principales consecuencias políticas: que se empiezan a preguntar por sus condiciones de vida, ausencia de trabajo y de expectativas para el siglo XXI. Una nueva forma de intervención que desconcierta al poder político tradicional. No cuentan con el apoyo de los partidos tradicionales ni de los sindicatos, no tienen medios ni recursos económicos, pero son capaces de ocupar espacios de gran simbolismo y poner en jaque a gobiernos desconcertados. No ceden ante la represión, que tiene que aumentar la violencia para intentar acabar con ellos, generando dinámicas de acción-reacción de difícil final, cuando hay muertos, heridos y detenidos. Utilizan los nuevos medios de comunicación y las redes sociales para llamar a la revuelta y mantenerla activa: han salido de Facebook y han hecho temblara a los palacios. Rechazan la manipulación política y las tentativas violentas de pequeños sectores, a veces con infiltración policial.

Antes fueron las primaveras de hace dos años, que en el norte de África derribaron viejos regímenes autoritarios (Túnez, Egipto, Libia), otros en Europa, América y Asia, en los centros de poder financiero o en las zonas rurales. En España el 15-M y las diferentes mareas y plataformas en defensa de la salud, la educación la vivienda, el agua, el trabajo y el futuro de la juventud, etc. Se producen en países de cultura islámica o cristiana, ricos, emergentes o pobres, en dictaduras o en democracias formales. En muchos de los casos hay un cuestionamiento del sistema económico y político, deslegitimado ante las masas por no ofrecer soluciones a la crisis y aumentar la exclusión social. También aparecen demandas de mayor libertad y de una democracia real y más participativa; esto último en el caso de Brasil tiene una larga trayectoria con los consejos ciudadanos, los presupuestos participativos y el proceso de elaboración de la Constitución de 1988. Casi siempre aparece una ampliación de la brecha entre la calle y las instituciones y el rechazo de la corrupción, la asimetría de los sacrificios y los engaños electorales.

Las reivindicaciones acaban yendo más allá de la motivación inicial concreta. En Brasil todo empezó por la subida de 20 céntimos (7 ctms. de euro) del transporte y han acabado pidiendo un mundo mejor. La exigencia de mayor reparto de la riqueza, por un mínimo estado de bienestar, el fin de la corrupción y del despilfarro de los fastos deportivos. Hay demandas de servicios públicos para todos, de educación, sanidad, vivienda, acceso al consumo, y mayor libertad y capacidad de decisión para los ciudadanos. Las frases: ”Brasil, despierta, un profesor vale más que Neymar o “Mejor un buen hospital que un gol de la selección” resumen la conciencia de los manifestantes, que han tenido el apoyo de la mayoría de los futbolistas brasileños, porque el movimiento no iba contra el fútbol sino por la Justicia en Brasil.

En Turquía se defiende no sólo un parque que la gente considera suyo, sino la identidad urbana y cosmopolita que suponen los espacios público. Muchos turcos, aunque no hayan leído nunca a David Harvey, coinciden en la práctica con él: la creación de nuevos espacios urbanos comunes, de una esfera pública con participación democrática activa, requiere remontar la enorme ola de privatización que ha sido el mantra de un neoliberalismo destructivo. Debemos imaginarnos una ciudad más inclusiva, aunque siempre conflictiva, basada no sólo en una diferente jerarquización de los derechos sino también en diferentes prácticas políticas y económicas. Si nuestro mundo urbano ha sido imaginado y luego hecho, puede ser re-imaginado y re-hecho. El inalienable derecho a la ciudad es algo por lo que vale la pena luchar. “El aire de la ciudad nos hace libres”, solía decirse. Pues bien, hoy el aire está contaminado de gases lacrimógenos, pero puede limpiarse.

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Una manifestante con el puño en alto y la cara pintada con los colores de la bandera de Brasil, ayer, día 23, durante una protesta en la playa de Copacabana (Río de Janeiro). / Marcelo Sayao (Efe)

De entrada, la toma de las calles tiene un valor terapéutico. Decía un arquitecto turco en relación a la lucha, asambleas y ocupación con el campamento de la plaza Taksim: “Nos hemos encontrado a nosotros mismos”. Pasar del yo al nosotros, es el comienzo de las complicidades y de las revueltas que pueden cambiar las cosas. Es decir, los movimientos sociales son energía democrática en estado puro a favor de más bienestar y libertad, un intento de rehacer el mundo en el que se vive a partir de sus anhelos más profundos.

Los movimientos sociales tiene la capacidad de canalizar las protestas y hacer que se visibilicen los problemas. Tienen gran poder de movilización y de marcar la agenda política, pero no está claro que sean capaces de mover el tablero político y disputar el poder en las instituciones. ¿Son capaces de politizar los problemas, analizando sus causas y señalando culpables, proponiendo y aplicando soluciones? Para reflexionar sobre la realidad y el papel de estos movimientos, se ha reunido en Madrid este mes de junio la Universidad Popular de los Movimientos Sociales, con la presencia de su impulsor Boaventura de Sousa Santos. Un interesante encuentro de más de cuarenta movimientos de  España, Portugal, Italia y América, junto con profesores y científicos sociales, al que tuve la suerte de asistir por la Marea Verde.

Como conclusiones generales se habló de la gran importancia de los movimientos como factor de cambio, que la movilización consigue resultados, que la pluralidad es un valor y la horizontalidad dispara la participación, que el poder va a criminalizar las protestas, que se necesita una política de alianzas para cambiar las cosas, y que las alianzas más sorprendentes son las que dan más fuerza. Que hay que armarse de una paciencia infinita, porque esto va a durar y el cambio no será fácil. Que la confrontación debe combinar los planos local, nacional, internacional, social y político.

La gran pregunta es: ¿son capaces de pasar del No nos representan al Sí nos representan y articular referentes político-electorales que den la batalla en las instituciones por el cambio necesario? ¿Hacen falta líderes para ello? Personalmente creo que hay que huir de caudillismos y la experiencia del movimiento Cinco Estrellas de Italia es muy significativa de cómo un gran depósito de esperanza y de anhelos de cambio puede quedar en un fogonazo. La primera chinita que hay que poner para que a partir de ella se forme la perla, es un programa con el mínimo común denominador que una a partidos de izquierda y movimientos sociales. Hay que consensuar ese programa mínimo trasformador que frene la representación del neoliberalismo, más allá de la máscara que adopte. Y escoger a las personas más honestas para que sean representantes en las instituciones y a los que habría que vigilar como si fueran ladrones, que decían los clásicos del movimiento obrero. Candidatos a prueba de Google, personas normales haciendo cosas excepcionales. Porque hay que poner en pie una propuesta de cambio, pero también una bandera ética que haga que la ciudadanía vote con entusiasmo y sin tener que taparse la nariz.

En esta línea también se han producido encuentros de reflexión y debate entre la izquierda y los movimientos sociales, como las Jornadas de Alternativas desde Abajo, y otras en marcha que intentan encontrar la vía de intervención en la situación política para frenar la catástrofe social que está viviendo España. No es fácil, se necesita mucha inteligencia política, generosidad de los grandes y prudencia de los pequeños y compromiso de todos y de todas.

Con sus virtudes e insuficiencias, los movimientos sociales son hoy las luces más brillantes en medio de una brutal crisis en la que el capitalismo salvaje asola las calles y las sociedades. Faros en el desierto durante una noche sin luna donde, si no lo evitamos, podemos amanecer en una especie de planeta de los simios. Con su lucha y determinación ponen en evidencia que los poderes políticos y económicos no son otra cosa que tigres de papel.

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